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Reflexiones de una arquitecta. Lourdes Treviño Quirós

 

 

Como profesora en la carrera de Arquitectura de Interiores en IED Madrid, y madre de dos adolescentes me pregunto constantemente cómo les está afectando esta pandemia, ¿qué huella les dejará?

 

Inmersos en sus móviles y aparatos electrónicos, conectados con el mundo y nosotros sin saber cómo se sienten porque ya no son tan cariñosos ni se comunican con nosotros como antes. Somos incapaces de controlar la información a la que tienen acceso, a la influencia que ésta les reporta.

 

A veces me dan ganas de sacudirles para que reaccionen, para que se hagan más conscientes. Sin embargo, muchas otras, solo quiero protegerles, les veo demasiado confundidos e indefensos, me recuerdan a los niños que hace poco fueron y me encantaría suavizarles la realidad, ocultarla, fingir que no está pasando nada. 

 

Entre tanto caos, tantas noticias, tanto miedo y tanto aplauso, les tenemos olvidados.

 

 

 

Solo hemos escuchado de ellos en la tele que son inmunes al virus, que son foco de infección, que se quejan de los deberes, que son irresponsables porque se saltan la cuarentena poniendo en riesgo a los demás. Que son egoístas.

 

Sin embargo, el verdadero sentimiento en el adolescente no es el enojo, sino la melancolía.

Esa melancolía que surge al decirle adiós a su niñez. El joven necesita oponerse, desacreditar y hasta odiar todo lo que le ha rodeado para que sea más fácil desprenderse de ello. Significa empezar a crear un YO propio.

 

Vivimos tiempos  en los que creemos a ciencia cierta en el poder de expertos, doctores y estadísticas. 

 

Nos azota una pandemia en la que nos encontramos perdidos, sin solución, sin control. Desconocemos lo que está pasando, a lo que nos enfrentamos y sus consecuencias.

Esta situación me hace recordar mi época de adolescencia, en la que no tenía ni idea, en la que todo cuestionaba y me hacía rebelarme o sufrir. Cuando a todo le buscaba un significado y se rompían paradigmas y verdades que hasta entonces había dado por hecho simplemente porque así lo había aprendido.

 

La adolescencia es un proceso de individualización que significa comenzar a separarse de un mundo conocido y de “protección”, lo que resulta muy difícil y doloroso.

 

El cerebro adolescente está en plena “remodelación” de estructuras y esto le dificulta el control de sus impulsos, les hace más irritables e inestables.

 

Pero esto es algo bueno. Es bueno para el ALMA. Es bueno recordar que no somos los amos del universo, que nuestros padres y modelos no son perfectos. Reconocer que estamos llenos de miedos, que no somos tan poderosos y que nos queda mucho por aprender.

 

Dudamos de nuestra fe, de nuestras antiguas convicciones. 

 

Se nos ha obligado a PARAR! Y nos han parado en seco.  Una cuarentena ESPIRITUAL.

 

Nos hemos visto expulsados de nuestros hábitos. Obligados a pensar y reflexionar.  Esto nos crea una lucha interna, igual que cuando fuimos adolescentes. No tenemos a donde ir, no podemos huir a ninguna parte. Solo nos queda un camino, nuestro interior. Debemos recordar que somos seres espirituales pasando por una experiencia terrenal. Es vital entenderlo.

 

Se nos ha enseñado que debemos ser AUTOSUFICIENTES. Pero esto es una gran falacia, pues nos necesitamos los unos a los otros. Ahora se nos han abierto los ojos y podemos verlo claramente. Somos frágiles y vulnerables sin la ayuda de los demás.